lunes, 19 de julio de 2010

Cuando conocí a Gabriel

Estaba bebiendo un poco de vino, tinto semiseco. Cierra los ojos como siempre, respira hondo, como si quisiera absorber a todo el mundo.

Está pensando, recordando lo que él ha sido hasta antes de conocerme.

Las arrugas ya pesan en su alma, se sabe viejo. A sus ocho primaveras y tiene más arrugas que el abuelo. Gabriel come una galleta dulce, de esas que son figuras de ángeles. Le gusta, lo disfruta, con un halo de travesura. Él le limpia la comisura de los labios con la servilleta que tiene su nombre bordado en hilo azul, que le regaló en su último cumpleaños. Detesto tener que limpiarte los labios cada vez que comes galletas, le dice frente al espejo, observándolo, mientras yo sonrío divertido, observando la misma pelea desde que los conocí.

Gabriel sonríe instantáneamente. Empieza por el lado derecho y deja nacer el hoyuelo en su mejilla. No tarda en aparecer el segundo hoyuelo, para adornar a la sonrisa más inocente que jamás ser humano haya visto. Mira el reloj impaciente, mientras él se dispone a arreglar todo para la visita. Un, dos, tres, aún falta y se retoca los cabellos, ¿estoy bien? Y le respondo que está impecable, todo un caballerito.

Zapatos color miel con una hebilla dorada, suela delgada y noble. Unas blanquísimas medias como el alma de la beata de Casoria, y un pantalón de pana azul marino, que muestra iluminación en el raso, traza la silueta de las piernas delgadas pero fuertes, propias de un paladín juguetón. En la cintura, la cinta dorada, la preferida de Gabriel. Él tuvo que atarla más fuerte esta vez, a pedido de Gabriel, por temor a que se soltara en caso de un abrazo efusivo. Mientras que la camisa, llena de encaje, en color blanco cordillera, embellece aquel cuerpo, de aquel que está dejando a su infancia sembrar gladiolos.

Se mira una y otra vez, la capa color vino está en su sillón. Él, termina de acomodar todo pacientemente. ¿Me ayudas?, me dice y presiono cada gemelo en su sitio. Son dorados, brillantes y hay q tener mucho cuidado con ellos, ya que cada uno trae un ala de ángel en distinto sentido. Una vez puestos, Gabriel levanta los brazos al cielo. Tengo alas, sí, Gabriel. Puedo volar, mírame. Sonrío y él levanta la mirada entre los miles de libros que ahora revisa, siempre apurado, con el ceño fruncido y con unos lentes gruesos, con la armazón negra. Pareciese que fuera otro.

Sonido de estrellas. Un gran silencio. Gabriel está asustado, sus ojos brillan. Reviso mi atuendo y sacudo unas traviesas migas de galleta, que al ser descubiertas han corrido hasta las ranuras del piso de pino brillante y se esconden ahí, adentro. En el lugar de donde nadie, jamás las osará buscar. Han encontrado su hogar.
Él va a la puerta. Tose brevemente y mira por el visor de la puerta. Suspira. Gabriel corre a sentarse, nervioso y yo, parado en medio de la sala, trato de buscar en mi mente las mejores palabras para presentarme.

De pronto, Gabriel se pone como loco, sus ojos brillan de emoción, salta por todos lados, le pisa la cola al gato blanco que está huyendo ante el alboroto, mientras que a duras penas me escondo detrás del sillón antiguo y alcanzo a ver zapato derecho color miel que cruza en el aire. Gabriel está feliz y no hay mayor razón que ésa: alguien lo busca.

Entonces empieza la pelea de siempre. Él le dice que no es conveniente conocer a nadie, porque todo lo que necesita lo tiene ahí. No es un prisionero, digo, y por meterme gano una mirada amenazadora de él y me escondo nuevamente detrás del sillón, por miedo a que se enoje y me lance algo por la cabeza. La última vez fue un florero blanquísimo, en donde ponía las rosas que las visitas le regalaban a Gabriel. Las rosas murieron del susto, mientras yo trataba de consolarlo y él, culpable, pidió perdón cuantas veces Gabriel se lo permitió. Por más que quisimos no pudimos resucitar a las rosas, se asustaron tanto que envejecieron muy rápido. Cuando las recogí del suelo, sus cuerpos estaban siendo consumidos por la vejez y la oscuridad de la muerte. Cuando uno va a morir, la piel se vuelve oscura, y poco a poco ésta va sentando el camino para que la muerte llegue al corazón del moribundo, rompa la puerta y se lo lleve a ese mundo en el que las rosas ahora caminan, despidiéndose desde lo lejos de Gabriel, que las llora inconsolable, mientras yo lo abrazo. Y él, está en la otra habitación, condenado a estar un buen tiempo sin ver a Gabriel. Y es que cada vez que ocurre alguna pelea entre ellos, se dejan de ver por un tiempo, y yo, pobre, empiezo a vagar sin rumbo hasta que ellos se perdonen.

Gabriel come la última galleta, hasta la mitad. La otra la pone en mi boca. Sonríe y me da un beso en la mejilla. Te quiero, yo también, todo será diferente ahora

Espero que así sea.

Son las tres de la tarde y Gabriel ya está listo para su gran salida. Tiene el cabello engominado y echado hacia atrás, la piel como un melocotón maduro, los ojos brillantes y con ese color azulado que tanto me gusta.

Sus labios tienen un rojo tan tentador, pero a la vez tan tierno.

Se ríe, qué me miras, yo, estás hecho todo un caballerito.