lunes, 15 de septiembre de 2008

Dos viejas van por la calle

Salazar Bondy sonríe desde el cielo…y yo tengo un nudo en la garganta.

Desde hace mucho que no volvía a mi querido escritorio. El vino tinto –cabernet sauvignon argentino para ser exactos- está a la temperatura de un casi extinguido frío invernal limeño. Sirvo una copa y pienso en todo este tiempo que he pasado sin escribir. Y aunque pensaba hacerlo en los últimos meses de este año, vuelvo a tener la oportunidad de disfrutar de la obra de Salazar Bondy, bajo la excelente dirección de Miguel Pastor; y aún cuando tengo el nudo en la garganta, es motivo suficiente para poder iniciar mi cuasi perdido afán de plasmar mi pensamiento en líneas.

Corre el año 2007 es cuando vi, por primera vez, este montaje. Bajo la misma dirección, el espectáculo se muestra impecable, mostrándonos nuestra Lima, con sus costumbres, defectos y virtudes. Con mujeres llenas de buenas costumbres, con hombres criados con rectitud. Pero también, con personas llenas de ambición e inescrupulosas que, con el fin de conseguir sus objetivos, son capaces de hacer hasta las más terribles bajezas; aún cuando con ellas puedan herir lo que antes les brindó amor y protección.

El espectáculo finaliza y la gente sale, con los ojos brillantes, y tal vez, con alguna lágrima furtiva deslizándose por la mejilla. Se va agradecida. Fuimos testigos de dos vidas que de pronto, se han quedado a disposición de un incierto futuro, sometidas a la compasión de una sociedad que en muchos casos, se muestra agresiva, indiferente al sufrimiento ajeno.

Para poder entender a Salazar Bondy, al artista, primero debemos de comprender al ser humano. Su obra de reclama a quien quiera montarla una gran sensibilidad, reclama a un ser humano; a un ser sensible a todo lo que critica. “Soy el triste pintor de la triste clase limeña”, decía el autor. Una persona que amaba el arte, porque sabía muy bien que a través de éste podría plasmar su pensamiento, y tal vez, hacerlo perpetuo. Su sensibilidad frente a la hipocresía de la clase limeña, a un simulado recato, a un vacío comportamiento en afán de conseguir la aprobación de una sociedad que se resiste a ser mestiza, llena de pensamientos, costumbres y tradiciones que aún en la actualidad, no logra unirse y fundirse en una nueva sociedad. Caemos entonces en la convicción de que su obra sigue siendo dolorosamente vigente, cruda y gélida como el alma del indiferente, del que no ve más allá de sus problemas.


Entonces, nos encontramos ante el dilema que exige toda obra de teatro. Encontrar al intérprete, a la persona que orqueste semejante texto lleno de ternura y compasión. Miguel Pastor nuevamente asume el reto, y no pudo ser en mejor momento.

En este montaje encontramos nuevamente a Haydeé Cáceres, actriz de amplia trayectoria, y no por la cantidad de obras en las cuales se le ha podido ver, sino –principalmente- porque cada paso que da en el escenario lo llena de energía, dominándolo, haciéndolo suyo, creando la ilusión de estar en la humilde casa de Catrina. Otra mención especial es para Pilar Brescia, quien caracteriza a Virola, una mujer que con el paso del montaje nos muestra a un ser que necesita de atención y cariño, sobretodo en el preciso momento en que su salud mental va resquebrajándose. Dos mujeres que hicieron de esta presentación, una de las más conmovedoras obras que he podido apreciar en mucho tiempo.

El eje de la obra va en estas dos excelentes actrices, y ellas lo saben muy bien. Se nota el cuidado que le dan a todo. Eileen Céspedes pone los primeros tonos de comicidad al inicio de la obra, mientras que Juan Carlos Pastor, Diego López y Masha Chávarri le otorgan la ternura, picardía y pasión respectivamente.

Esta mise-en-scène resulta entonces divertida y conmovedora. Miguel sabe muy bien cómo guiar al espectador desde la comedia hasta el drama. Nos invita a enternecernos con estas dos mujeres, a reírnos de sus ocurrencias, a buscar algún parecido con algún familiar –y vaya que sí he encontrado muchas coincidencias-. Nos enamoramos. El director sabe muy bien que el final va a ser fulminante, que hará que nuestros sentimientos se hagan trizas en un instante y volvamos a una realidad dura, a nuestra realidad. La ilusión ha sido creada en el escenario y destrozada en cada una de las almas de los espectadores. Lo sentimos, bajamos la mirada, respiramos hondo, tratando de convencernos de que sólo es una obra de teatro. Y aún así, no podemos evitar la catarsis, y evocar en nuestros recuerdos. Entonces es cuando Salazar Bondy decide finalizar la obra y Miguel Pastor lo hace, siguiendo humildemente la orden del autor.

Como escribí algunas líneas atrás: para poder entender la obra de un autor, primero tenemos que entender al creador, su forma de pensar, y lo que quería a través de su trabajo. Miguel Pastor ha encontrado en esta obra no solamente eso, sino también la identificación de su pensamiento social y solidario para con el anciano de nuestra época. Ha encontrado un claro mensaje social, y ha realizado un montaje que se nota que está hecho con la calidad a la que nos tiene acostumbrados a través de los montajes con la Asociación Cultural “El Juglar”. Desde “Los Cachorros” de Mario Vargas Llosa, al que pude ver en el Teatro Larco, y luego con “Zorros a la vista” en la Alianza Francesa, de esto hace ya algunos años.

Ahora con “Dos viejas van por la calle”, Miguel Pastor ha logrado no solamente un excelente y altamente recomendable montaje, sino que también deja presente que se puede realizar brillantes puestas con textos peruanos, y que no tenemos nada que envidiar a los extranjeros. Que seguimos estando dentro de la visión de Salazar Bondy. Que poco o nada ha cambiado desde 1959, cuando el Grupo Histrión la llevó por primera vez a los escenarios bajo la dirección del maestro Sergio Arrau. Que nuestra sociedad aún permanece indolente al trato con el anciano desvalido. Que todos seguimos siendo indiferentes, tal vez porque nos hemos acostumbrado a que en la calle nos estiren la mano pidiéndonos ayuda en cada cuadra, y nosotros ya no podamos/queramos ser capaces de ayudar.


El vino ahora ya no está en la copa. La ilusión ya está por acabarse. Hoy estoy seguro que Salazar Bondy se sentirá complacido de ver que su obra sigue vigente y no puede estar en mejores manos. Las viejas siguen caminando…y yo sigo teniendo el nudo en la garganta.

Miguel nuevamente nos ha entregado lo mejor de su trabajo. Y como siempre, ha llegado al alma.

Lima, 14 de setiembre de 2008.
Daniel Manchego