jueves, 28 de febrero de 2008

Marat Sade: Uno no puede ser loco por sí mismo, sino a los ojos de un tercero.



Autor: Peter Weiss
Director: Ismael Contreras
Lugar: Escuela Nacional Superior de Arte Dramático (ENSAD)

Hacer un clásico teatral implica una ardua labor. Y hablar de política en una obra de teatro –o en cualquier otro lado- es delicado. El realizar Marat Sade, un clásico teatral, y encima, tomar la gran responsabilidad de hablar de política contemporánea en un país como el nuestro, es una tarea de titanes. O de locos.

La obra se Peter Weiss (Persecución y asesinato de Marat representado por el Grupo Teatral de la casa de salud de Charenton bajo la dirección del señor de Sade) es una obra maestra que siempre ha sido calificada como una de las más complicadas de llevar a escena, un reto dantesco para cualquier director y elenco que, después de haberlo pensado una y mil veces al punto de secársele los sesos al más puro estilo cervantino, opte por encarnar tan quijotesca empresa.

Y es que Marat Sade encarna muchas aristas sobre las cuales se puede explorar. Y, siendo la locura el punto inicial de investigación – ¡vaya inicio!- caemos en la cuenta de que los personajes son tan libres como oprimidos a la vez. La locura, ya sea en su bipolaridad, esquizofrenia, autismo, o psicosis, entre otros bocados de la mente, permite cierta libertad y creación de una nueva realidad, la cual deberá de ser enlazada con los textos, matices e intenciones que exige el argumento. Y teniendo, encima, como director –ficticio, para alivio de los actuales espectadores- al marqués de Sade, un personaje que existió realmente en la historia, e hizo que su nombre quedara como adjetivo para nombrar aquellos rudos placeres sexuales que hoy en día nos sorprenden –con susto para unos, con placer para otros-. Caemos entonces en dos puntos principales en esta obra: locura y sadismo (no sólo sexual, porque hay muchas formas de ser sádico). Y para aumentar el tono del asunto, le aumentamos ingredientes –no menos importantes, de ninguna manera- como política, rebelión, opresión y hasta un incierto pudor ¿moral? –Gracias a Coulmier- para no caer en un infierno mental (al menos para que no nos demos cuenta del mismo, o el del que vivimos y que gracias a la providencia, sobrevivimos).

Bajo la dirección de Ismael Contreras, el joven elenco de la Escuela Nacional de Arte Dramático presenta “Marat /Sade”, una versión/propuesta basada en la obra maldita de Peter Weiss. Aquí la temática fluye de manera distinta (y muy válida, por cierto) optando por resaltar el lado político, adaptado a nuestra realidad y mostrándonos ya no la historia que aquellos enfermos mentales querían representar sobre la muerte de Juan Pablo Marat, sino que el director toma como pretexto para mostrar una realidad peruana similar, con personajes de nuestra política que también oprimen y estrangulan la libertad de aquellos que, estando más cuerdos, son exiliados para impedir que la enfermedad de su sano pensamiento se expanda más allá del cuarto de baño de la Casa de Salud de Charenton.

Contreras toma la política peruana como punto de inicio en la elaboración de su montaje. Pretende lograr un mensaje claro y directo para cada uno de los asistentes, quiere lograr no una catarsis, sino más bien, valiéndose de lo dialéctico, instar a una revolución de nuestro pensamiento y de cómo estamos acostumbrados al sistema social, y si debemos, en buena cuenta o no, realizar cambios en el mismo. Lo meritorio del asunto es que no insta a la revolución de fuerza, que poca fuerza tiene frente a la razón.

Creo que la intención del montaje es válida, y hasta precisa. Y dado que los temas que se tocan en la obra son universales, puede caer bien en cualquier país a cualquier tiempo. Como el agua de tiempo, refresca y avivaría nuestro anímico estado mundial.

El serio problema que encuentro en el montaje es la calidad actoral. Haciéndose por momentos densa, y hasta con serios problemas de dicción, hace que la obra pierda la fuerza que Contreras quiere expresar. Creo que la exploración que el elenco ha realizado no ha sido adecuada, o incluso ligera para algunos personajes como el coro o el propio Marat, que no logra definir a semejante personaje, o el pregonero, que se acerca más a una caricatura. Las actuaciones son parejas, pero bajas. Y es que en algún momento de la obra, se percibe la creación de islas, de actitudes, de acciones que no logran convencer y que no colaboran con el desarrollo de la obra.

Otro problema es el tiempo escénico. No se logra entender el tiempo sobre el cual la obra está transcurriendo. Si es el sanatorio mental de la Casa de Salud de Charenton de aquellos años, entonces los vestuarios utilizados no eran los adecuados. Y si tan sólo se utiliza el nombre de Charenton, pero se está usando la misma metódica de que el público actual sea aquella élite que solía divertirse yendo a los espectáculos de Sade, ¿por qué la presencia de elementos punzocortantes cuando en la actualidad ya no se permiten, sobre todo en pacientes de comportamiento agresivo? Y si Juan Pablo Marat está en bata, desnudo como cualquier paciente, ¿por qué los otros pacientes que usan bata presentan ropa interior? ¿Es que acaso estos locos son conscientes del pudor?

Entonces caemos en la convención de un atemporal, de un tiempo paralelo, un tiempo en donde la realidad de todo lo que se ve en escena es verdadera, que no pertenece ni al tiempo antiguo ni al nuevo. Y sin embargo existe. Si caemos en esta convicción, entonces estamos en lo correcto: todo lo que ocurra en escena es válido, verdadero y convincente, porque el teatro nos lo permite. Si caemos en la convicción de que esa nueva realidad propuesta por el régisseur es real, y que los personajes que vimos aquella noche son tal cual, sólo nos queda valernos de nuestro gusto por lo teatral.

Por otro lado, la unidad musical fue dividida tanto en música urbana, rap y coral. Es interesante la investigación que se hace para intentar encajar la música urbana (que es por lo menos la que sólo se basa en no más de una melodía primitiva) sobre la letra de la obra. Lo malo de ello es que la dicción de los actores hacía que se perdiera en el intento. Por otro lado, la música urbana siempre ha sido tomada como una música de protesta. El rap como música ligera. Entonces la pregunta sería ¿es válido usar la melodía del rap para expresar letra de la obra, que no es ligera, y que más bien aporta información válida para la misma? Y ¿usar la coral de la misma manera, cuando se tienen miles de melodías corales, de todos los tiempos y para cada momento? Por otro lado, la calidad vocal de los actores no era la adecuada. Aún siendo orates, y tomando como tiempo paralelo la propuesta, se debe de tener cuidado en la interpretación vocal.

La escenografía nos insinúa un lugar lóbrego, y se acentuaba con el uso de las luces, de forma correcta. Una jaula desde donde gritaba el más enloquecido y fúrico de los orates, hacía que nuestra atención se fijara en él, y se disipara en cuanto proseguía la escena y no justificaba su calma. ¿Es que acaso la furia puede ser disipada de una forma tan abrupta?

La música en vivo era correcta, recatada. Lo curioso: los músicos estaban vestidos con ropa de pacientes, mas nunca se notó la enfermedad que padecían, o es que simplemente acompañaban de forma externa al montaje.

En resumen, puedo establecer lo siguiente: Contreras está investigando, o ha intentado hacerlo con este elenco de la ENSAD. Quiere investigar con nuevas formas, tal vez sugeridas, o impuestas. Quiere encontrar un reflejo adecuado de nuestra política, así como lo han querido realizar diversos directores de teatro que han ejecutado esta obra, tales como Andrés Lima con el grupo Animalario en España o, años atrás Sergio Arrau con Histrión en Perú. No creo que haya querido superar propuestas anteriores, sino que quiere encontrar algo nuevo y de su propio estilo. No compite. Trabaja, exige y propone. El elenco está en plena formación y proceso de desarrollo, no llega a satisfacer a un público que espera ver la gran obra, la gran “PERSECUCIÓN Y ASESINATO DE JEAN-PAUL MARAT - Representado Por El Grupo Teatral De La Casa De Salud De Charenton Bajo La Dirección Del Señor De Sade”. Contreras nos da un vuelco y nos muestra su visión, su forma de ver la obra y su necesidad de hacerla, de presentarla a un público que espera salir transformado con esa alta dosis de locura que toda obra de teatro otorga. Creo que en algún momento el cordón umbilical entre director y elenco se rompió y nos muestra a un producto que aún tiene mucho por trabajar, que necesita de volver a redescubrir lo que un loco piensa, cree, y porqué lo consideran como tal. Necesitan de enfermarse de locura, de trastocarse los nervios, hacerlos trizas y reencontrarse otra vez con su personaje. Llenarse de ese gusto por el placer que Sade nos ha regalado desde hace mucho y que hasta el momento nadie más ha llenado su investigación como él pudo. Necesitan de llenarse de nuestra realidad, de nuestros locos, de nuestra enferma sociedad que desde hace mucho clama por un Marat Sade animal, grosero, peligroso, que raye las mentes de los pensadores actuales y nos hagan ver que nuestros problemas sociales son los mismos desde que se dio inicio a la creación de la sociedad.

Sin embargo, no deja de ser loable el esfuerzo que este grupo de jóvenes ha emprendido de la mano de Contreras, frente a este monstruo llamado Peter Weiss, que al final de cuentas, es el muso inspirador de esta propuesta. Es loable seguir intentando hacer teatro, y muy de locos. Porque para querer seguir haciendo teatro, hay que estar locos.

El verdadero Marat Sade está en la calle. Para muestra un botón: miren las noticas.

Voy por una coke.
Dark