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Reflexión 8

El vino tinto semiseco en la copa. Al costado derecho, la botella de vino vacía, sin sentido. Faltan trece minutos para terminar este día. Sentado en mi escritorio, a mi izquierda, una cajetilla de cigarros me hace una agradable visita. Una ligera columna de humo blanco sale del cenicero, que está lleno de colillas y ceniza. En mi computador, activo el programa de música y escucho canciones cargadas de recuerdos, emociones de verano y sinsabores invernales. Escribo.


A dos días del año nuevo, medito en todo lo que este año ha sucedido. He sido testigo de nuevas generaciones de actores, de nuevos chicos que han decidido unirse al teatro como modus vivendi, o simplemente como un oficio más, del cual obtener diversión y, si es que hay suerte, una ligera recompensa económica que, muchas veces, dista de la recompensa mayor: disfrutar de la catarsis del público –aristotélicamente hablando- y, por qué no, el poder transmitir un mensaje que llegue a la conciencia de cada uno de los espectadores para así tener la esperanza de lograr un cambio en la gente.

Lo que más puedo destacar en este año, es cómo nuestra generación se consolida. Otros, se quedaron en el camino. Y casi instantáneamente, nuestros próximos sucesores ahora son mucho más destacados, y conocen mucho más de lo que nosotros logramos saber en nuestro momento de iniciantes. Por un lado, eso es ventajoso. El público, el nuestro, necesita de ellos, de esa inyección febril que sólo el ímpetu juvenil lleva en la sangre, junto con la experiencia de los actores de oficio, y en nuestras manos está, el de darles el apoyo para que comiencen con buen pie en el escenario.


Las ondas setenteras han pasado, y es ahora cuando el teatro entra nuevamente en una re-evolución. Estamos ante un mundo globalizado y posiblemente, los viejos cuentos infantiles, que en su mayoría provienen, como dice Juan Rivera, del país sin nombre, ahora ya no son efectivos frente a una generación de amplios conocimientos tecnológicos y que espera que el teatro ya no sólo sea acción y sentimientos, sino también efectista y espectacular, más allá de lo que un actor puede/debe serlo.

El público ahora está despertando a una nueva forma de espectáculo.

Y me preguntaba cómo responder frente a esta demanda. Veo por internet los espectáculos de Broadway, o de Argentina, para sentirme un poco más seguro de que podemos tentar a hacer algo de orgullo sudamericano. Veo a actores-cantantes-bailarines formidables, espectaculares. Miro que casi todos ellos están preparados para una alta exigencia en el escenario.

Pronto se me viene a la cabeza la gama actoral que he conocido. Incluyéndome, sé que no podremos estar a la par en mucho tiempo. Y cuando lo esté, seguro habrá ya un joven actor que rendirá mucho más en la ejecución.Silencio. Bebo un sorbo de mi vino helado. Mis mejillas están un poco calientes, mis ojos brillan. Sonrío divertido al espejo que está colgado en la pared detrás de mí. Pero el reflejo retoma su posición frente a la pantalla. Retomo.

No es copiar, no es aplicar lo conocido. Entonces pienso: cuando Stanislavsky dijo que su método (desde el primero al último, el de las acciones físicas) le había funcionado con los actores para su época, para su estilo y para su público, nosotros, en vez de copiarlo, debimos investigar en nuestro pueblo, nuestra cultura y nuestras costumbres para ver si podíamos también crear el nuestro. No sé si se han dado cuenta, pero nuestra forma de actuación siempre ha sido europea (salvo algunas excepciones, claro está, de grupos que valientemente persisten en el tiempo), y la gente se ha acostumbrado a ella. Creo que es por ello, que el teatro independiente (me gustaría llamarlo teatro de investigación, pero desgraciadamente también aquí sucede la copia de los formatos) no tiene el mismo respaldo del público, tal vez por que la propuesta es demasiado compleja para un público que no está preparado para digerirla, o por que existen algunos directores que bajo la premisa de “riesgo” exponen su propuesta. Aclaro: no quiero decir que el riesgo es contraproducente, pero siempre hay que tener un estudio de lo que se quiere y hacia quien va dirigido.

Es loable el trabajo de grupos independientes de provincias, los no capitalinos. Tuve la oportunidad de ver trabajos muy buenos, que no sólo aplicaban la técnica, sino también denotaba investigación de su propia comunidad. Se volvía vivo, orgánico, sucedía algo mágico en el escenario. Por desgracia, el eterno problema de la elitización de los medios de comunicación hizo imposible que la difusión de estos trabajos se hiciera notar. Y es que hasta ahora, los medios necesitan de alguien con cartel en el elenco para que pueda ser merecedor de una nota.

Y, sin embargo, también el teatro independiente tiene parte de culpa. Muchas veces he escuchado decir –y me ha pasado-, que en un grupo de teatro “todos quieren actuar”, y nadie quiere quedarse fuera del escenario. Esta necesidad de ser vistos, de ser reconocidos, es lo que hace que nadie se interese por la producción. Es el miedo a no tener gente en la sala por lo que no se arriesga a invertir en una escenografía interesante. Es tal vez, el desconocimiento y el desgano de conocer el proceso de producción, lo que hace que cada actor del grupo quiera estar en escena y, maldita la mala hora, en que lo condenaron al equipo técnico o de producción.

Recuerdo algunos años cuando empecé a hacer teatro. Fui acomodador de asientos, barrí el escenario, ayudé a armar escenografía. Luego, pasé a operador de luces y sonido. En una ocasión, un director austríaco realizaba una obra con un elenco peruano. Dirigía hasta a la gente de sonido y luces. Yo, nervioso, colocando los casetes y cuadrando la música –ahora es mucho más fácil, todo se maneja con un clic desde la laptop y se lanza el sonido a la sala- me equivoqué en un ensayo general. Y me dijo algo que jamás olvidaré: los técnicos también actúan, si no fuera por tu apoyo con el sonido, si no fuera por la calidez de tu crescendo, el actor no llegaría a crear esa magia por completo.

Vuelvo y evalúo las obras de teatro de este año. Muchas de ellas, en especial las de teatro independiente, se ven provistas de luces primarias, las cuales no generan tipo alguno de efecto. Están ahí, para alumbrar al actor, para evitar que se caiga, para indicar a la gente que alguien está ahí, en el escenario, intentando expresar algo. La música, que antes se utilizaba como un actor, ahora sólo era excusa para iniciar el cambio de escenas.

Las luces y el sonido también actúan, señores. Aún cuando sabemos que las salas de nuestro país no cuentan con todos los recursos técnicos.

Reviso mi mail, y encuentro algunos mensajes de la comunidad de teatro en mi país. Y justamente, reviso los mails de algunas críticas realizadas a montajes en el año, tanto de los que yo realicé y de los que otros directores han hecho. Caigo en la cuenta de que en mi país no existen críticos de teatro. No existen. Existieron, me parece hace ya algunos años. Pero como a mí no me gusta vivir del pasado, sino del presente, me divertí analizando todas y cada una de las críticas hechas y aquí va lo que hallé, de los "críticos".

Algunas de las críticas están redactadas de manera correcta, aunque incomprensibles para nuestro desnutrido vocabulario (estándar peruano). Pero, si uno coge el mataburros más cercano (jerga peruana, así se le dice al diccionario), encontrará algunas confusiones al querer comprender lo que dijo el remitente. Al menos, se agradece que nos dieran una palabrilla más para enriquecernos, sobre todo a aquellos que no leen ni periódicos chicha.

Por otro lado están los críticos desenfadados, los que dicen las cosas sin tapujos o “irreverentemente”, a veces bajo un estilo baylesco o hildebrantino (estos dos términos no están en el RAE, pero definitivamente se entienden en mi país), o quizás con un estilo en proceso de madurez. Después de leerlas una y otra vez, te das cuenta de que en realidad están vacías, sin esencia, sin nexos hacia lo que deberían ser su origen: la obra. Son gaseosas, se diluyen y pasan al olvido. Son como las noticias chicha, que dan que hablar, pero al final, no aportan en nada.

Existen también los críticos que más parecen directores, critican lo que faltó, sobre la actuación de los actores, acerca de las luces y de la escenografía. A esos yo los llamo (según el énfasis hacia la actuación o dirección) como actores-directores frustrados. Miran todo y nada a la vez.


Están también los que hacen crítica y actúan. Felizmente, critican obras en las que no están (hasta donde yo conozco, pero por ahí hay algunos que con doble personalidad lo hacen, gracias a la magia de internet, y creo que la culpa la tiene Outlook Express, con eso del juego de identidades que hasta ahora no comprendo y por eso no lo uso). Irónicamente, algunos hasta actúan en obras con un estilo al cual condenaron. Y a veces, hasta destacan. Lo detestan, pero destacan.

Por otro lado están los críticos que escriben dependiendo de su estado de ánimo, o respecto a la afinidad con el elenco, otros en base a su inversión con el banco de favores (léase al Zahír,de Coelho). Es decir, gente que vive de sus intereses y que ejecutará su oficio siempre y cuando le traiga algún beneficio.

Todos ellos, bajo sus diferentes conceptos, están ahí, listos, dispuestos a ejecutar la pluma (o teclado) para dar una opinión. Por gracia/desgracia, los tenemos. En algún lado leí que el lado de la crítica es importante para un espectáculo… ¿pero en realidad… ¿vale la pena la crítica de los nuestros? Yo creo que no. Creo que la crítica teatral en nuestro país ha retrocedido en lugar de avanzar. Esperemos que las próximas generaciones recuperen este valioso tiempo perdido.

Siguiente copa de vino. Mi reflejo se ha ido a dormir y se ha llevado al espejo. Salud.

Las óperas primas también merecen un espacio. Puestas que han dado oxígeno a nuestro teatro. Interesantes propuestas de instalación, andinas, comerciales. Mezclas y demostraciones inéditas de creación/colectiva. Grupos que tuvieron la oportunidad de mostrarse en una sala y un público agradecido que salió con muchas ganas de volver al teatro.

Valgan mis más sinceros respetos a aquellos que se han lanzado al ruedo, sigan y si se caen, levántense y sigan, construyendo su propio sueño. Sigan revolucionando, desarmando, y construyendo. Lo bueno del arte es que siempre hay algo por descubrir, integrar, analizar, destruir y construir. No hay reglas, no hay nada descubierto, estamos siempre en la punta del iceberg. Sigan.


El lado pedagógico también ha sido muy importante en este año. He visto mucho talento en las aulas. Y también, gente que ha sido engañada de la manera más vil. He tenido alumnos con graves problemas de dicción, o proyección de voz, o de técnica, pero que provienen de talleres o escuelas de mucha trayectoria o imagen. Las grandes preguntas son: ¿Cómo un estudiante con mala dicción puede pasar de ciclo? ¿Cómo un estudiante no puede saber leer en voz alta? ¿Cómo un estudiante de teatro no conoce más allá de la mera técnica de teatro? ¿Qué hacen en todo ese tiempo? ¿Por qué engañarlos? ¿Acaso los profesores no saben que un actor debe de manejar su mente, cuerpo, voz y emociones como un motor perfectamente afinado?

Siento tristeza encontrar chicos listos para actuar, pero con defectos que sabemos lo limitarán de gran manera. Ojalá en este año, también eso cambie. Todos tenemos derecho de estar en un escenario, de expresar nuestros sentimientos, pero debemos de aplicarnos. Una cosa es hacer teatro por hobby, y otra de profesión. Hoy en día, todo aquel que sube al escenario se le puede llamar actor, pero… ¡Cuánto trabajo, pasión, responsabilidad y técnica encierra este oficio!

Conocí también a gente muy talentosa, dispuesta siempre a atender, a conocer un poco más. Gente a la que le das una indicación, la escucha, la entiende e incluso la mejora. Gente que se preocupa por dar lo mejor de un escenario. Gente de que, por desgracia, no se encuentra todos días. En mayor cantidad, encontré a gente que cree saber todo, y que siempre discutirá inútilmente sobre todo lo nuevo que a su vida llegue, gente que vive del recuerdo de alguna obra de antaño, y que cree que aún sigue vigente. Gente que se quedó en el tiempo y deambula, como una psicofonía teatral.

Cito a Goethe: “Solamente quisiera que el escenario fuese tan estrecho como la cuerda de un equilibrista, a fin de que ningún torpe osara pisarlo”.
Se acabó otra vez mi botella de vino, y no quiero aburrirlos más (bueno, a los que hayan llegado hasta aquí)

Van los agradecimientos para este año:

A todos aquellos amigos que me soportaron fielmente, a mis alumnos y ex alumnos (al sapo que ya lo veo más en televisión que en teatro), a mis amigos en Suiza y España, que me dieron una gran sorpresa al hacer mi obra en el viejo continente (no se olviden de pasarme el DVD). A mi gran amiga Mayra Valdez, hoy ya egresada de la ENSAD, (te juro que este año empezamos la dieta y el gimnasio), a los actores que he conocido y con los cuales he pasado buenos y malos momentos.

Gracias a mis amigos que están fuera de Lima (Julio y Lyx, que me ha prometido un fin de semana con una carapulcra chancayana en el castillo de su ciudad), a los amigos de Trujillo, Ancash y Cajamarca. Espero poder ir pronto para allá y porqué no, a otros lugares de mi hermoso país.

A mi grupo de teatro Forasteros, con el cual concluí este año. Espero que sigan los éxitos, y en algún momento volver a trabajar juntos.

Al proyecto Era Azul, del cual soy fundador, que me ha dado tantas satisfacciones, muchos amigos. Es increíble lo que se puede llegar a hacer con mucho trabajo y pasión. Un lugar en donde puedo compartir lo que he aprendido, para confrontarlo y re-aprenderlo. Este año de seguro nos irá mucho, mucho mejor.

Gracias a mi familia, a Dios (aunque no lo crean algunos soy creyente), y a todos los que de alguna u otra forma, han hecho que aún siga trabajando, haciendo teatro. Espero seguir haciéndolo este año, intentando aportar algo a nuestra gran cultura peruana, o quizás, arrancándole una sonrisa a la gente.

Y bueno, darles mi más sinceros deseos a todos, mis respetos y espero que este año sea mucho más exitoso, y llenemos cada día con un éxito más. Llenemos a nuestro país de cultura, de paz. Sigamos creando, arriesgando, creciendo. Evitemos hacer enlatados, para eso ya hay muchos. Hagamos que nuestro país esté cada vez mejor, a través de lo que mejor sabemos hacer: el teatro.

Ultimo sorbo de mi vino tinto semiseco, voy a buscar a mi reflejo, creo que se quedó dormido.

Dark.

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