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Gabriel, mi mejor amigo


Caminaba por la calle cuando de repente lo vi. Estaba igual, pareciese que los años no hubieran pasado por él. Gabriel siempre ha sido una de las personas más sorprendentes que he tenido la suerte de conocer hace muchos años, y al que no pude ver más una vez que decidió mandarse a mudar a Europa para seguir sus estudios de actuación en la Real Academia Superior de Arte Dramático.Presuroso, aceleré el paso y mientras trataba de formular en mi mente mi primer saludo, veía cómo plácidamente tomaba una taza de café en el pequeño boulevard del pasaje Olaya, en uno de los lados de la plaza mayor de Lima.

- Gabriel.
- ¿Sí? Soy yo.
- ¿No me reconoces? Soy yo, José ¿recuerdas? Colegio Alfonso Ugarte…
- Perdón, creo que se ha equivocado – me respondió fríamente.

Después de mi desconcierto, cogió el diario que tenía sobre la mesa y tapó una carta que estaba escribiendo. No es la primera vez que me pasan este tipo de cosas, me dije. Sin embargo, estaba completamente seguro de que la persona con la que había conversado era Gabriel, el mismo chico con el que compartí mis travesuras y aventuras en el colegio. El lunar que siempre se mostraba en el pecho semidescubierto, y los ojos pardos verdosos que nunca dejaban de observar a alguna compañera que coquetamente pasara luciendo una falda escolar muy pequeña estaban ahí, pero ahora esos mismos ojos me habían mostrado indiferencia, y una frialdad que jamás hubiera sospechado en él.Caminé lentamente, volteando de vez en cuando esperanzado en que Gabriel me reconociera. Tal vez, mi atuendo informal y mi contextura, que ya no es la de un adolescente, me hubiera hecho irreconocible ante él. Más, el seguía impasible, bebiendo ese café americano que siempre le había gustado.

El día transcurrió normalmente. Leí algunos artículos, escribí otros, y preparé la clase para el día siguiente. Me preguntaba si es que en este mundo, con el avance de la ciencia, y de las clonaciones, hubiesen hecho posible que éste Gabriel no me haya reconocido en aquel café. Tal vez se trataba de un clon al cual no habían hecho una copia exacta de los recuerdos, un ser humano vacío, una copia mal hecha de nosotros mismos.

Un mensaje de texto a mi celular me sacó de mis pensamientos “Estás más gordito amigo, es una lástima que sea la última vez que me veas. Gabriel”. Reí, divertido de aquella ocurrencia de Gabriel. Divertido, busqué en mis cajas aquella agenda de colegio en donde anoté los teléfonos de toda la promoción. Me preguntaba por qué no había querido saludarme. Tal vez, estaba actuando y yo caí redondo en su juego. Me las pagará, pensé.

Llamé a su casa pero no sabían nada de él. Avergonzado, pensé que él estaría planeando una sorpresa para su madre y yo habría cometido una impertinencia advirtiendo su llegada. La voz de su madre ya no era enérgica, sino débil pero con la ternura que había conocido de chico. Prometí visitarla en la noche y, si había suerte, cenar los tres.

Decidí comprar una botella de vino para la cena de aquella noche. Después de mucho tiempo, volvería a ver a mi mejor amigo, charlaríamos hasta el amanecer recordando anécdotas y contándonos acerca de nuestros logros. Él, convertido en un gran actor, graduado de la RESAD, y yo, un simple aspirante a escritor, sin éxito, trabajando en otras labores a modo independiente para solventarme una vida modesta.

Fui a la licorería y pedí un vino tinto semiseco, perfecto para la ocasión. La chica de lentes gruesos y de nariz brillante me recomendó ponerlo en el refrigerador minutos antes de beberlo, a fin de disfrutarlo mejor. Pagué, compré una caja de chocolates para su mamá y fui directo a casa a acicalarme y elegir un traje adecuado para la ocasión.Crucé la calle, y abrí la puerta de mi casa. Dejé las cosas en la cocina, y me fui al baño a tomar una ducha. Mientras me echaba el champú y masajeaba mi cabello, intentaba entonar aquellas canciones que tanto nos gustaban en la época de colegio. Gabriel poseía una extraordinaria voz, que hacía que las chicas se acercaran a escucharlo. Yo, al contrario, gallaba, y prefería hacerlo secretamente, en mi habitación, con la radio a todo volumen, cogiendo mi desodorante como micrófono y sintiéndome Raphael, José José, Nino Bravo y, por qué no, hasta Luis Miguel, pero más romántico y galante.

Son las seis de la tarde y ya estoy listo para ir a cenar, con mi mejor amigo y su madre. Pantalones color café, camisa blanca y una casaca negra era mi mejor indumentaria. Después de echar llave a la puerta, me fui en busca de una gran noche.Su madre me estaba esperando con un delicioso café americano. El aroma era inconfundible. Me sentía como el niño de quince años que antes iba a su casa. Hablamos de mi familia, de ella, de su enfermedad del corazón y del bypass que le habían colocado no hace mucho en la clínica San Camilo. Sus ojos estaban llenos de recuerdos, de amor, de ilusión por ver a Gabriel, que no se había comunicado en todo el día con ella. Tal vez sea un encuentro sorpresa, le dije, y nos divertimos pensando en que el sorprendido sería él, encontrándome ahí, con su madre y con una deliciosa cena en un hogar que seguía tan cálido como siempre.Los buenos recuerdos jamás se olvidan.

Las canciones, las chicas, y las responsabilidades fueron tema de conversación entre su madre y yo. Ella decía que jamás hubiera imaginado que su hijo terminaría siendo actor, y yo escritor. Debía de ser por eso que teníamos tanta empatía. Tal vez, podría escribir algo para que él lo actuase en España, o en el Perú, y que la primera función estaría dedicada a ella. Hablábamos de la prensa, de los medios de comunicación, de cómo se había transformado Lima, ahora llena de tráfico y de pistas en mal estado. Sí, tal vez era eso, el tráfico había aplazado a Gabriel, que no llegaba.

Era casi medianoche, y ya cansados de tanto hablar, me despedí de su mamá. Ella, con una sonrisa forzada y con unos ojos acuosos, me despidió dulcemente. Tal vez, me había confundido, quizá Gabriel siga en España, y yo había caído en algún tipo imposible de coincidencia. Un mensaje al celular que no era para mí, quizás. Prometí llamarla y visitarla con frecuencia, ella estaba sola en Lima y le haría mucho bien el salir a pasear de vez en cuando. Se lo debía, ella muchas veces nos llevó al cine.Llegué a casa, cansado y aturdido por el tráfico. Me dolía la cabeza de tanto pensar. Me miré en el espejo y descubrí algunas canas, y las primeras líneas de expresión más acentuadas que otros días. Me estoy volviendo viejo. Viejo y sin éxito, viviendo modestamente, contando las monedas para poder comer y dictando clases a chicos que tal vez no llegarían a ser escritores, gente que solamente quería pasar un rato agradable, conocer chicas, enamorarse, salir.

Miro mis escritos. Son malos. En realidad muy malos. Sonrío. Estoy loco. Tal vez, dentro de muchos años, alguien los descubra y me haga famoso. Tal vez, nunca se sabe. Por lo pronto, sólo soy un peruano modesto y tal vez mediocre. Modesto, y tratando de sobrevivir en esta ciudad.Prendo el televisor, veo a algunos amigos en los comerciales. Algunos de ellos ya exitosos. Me siento en mi cama, busco mi botella de vino.

Mi copa cayó exactamente al piso cuando la periodista hablaba del hallazgo policial de la noche: un cuerpo sin vida encontrado en un hotel cercano a casa de Gabriel. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Miré atentamente la televisión, quería saber el nombre, más datos de aquella persona. No, José, no puede ser Gabriel. Él es un chico exitoso, ha estudiado en Europa y debe de tener una vida realizada. Deja de pensar estupideces, él siempre estuvo lleno de vida y de ilusiones, no como tú, que siempre quisiste cambiar el mundo y al final, eres un peruanito más, que si matan el día de mañana, nadie se dará cuenta. Es más, te echarían a una fosa común y pasarías como un NN.

Una voz me sacó de mis pensamientos. Una voz temblorosa, dulce, que salía de la televisión, hizo que mi corazón diera un vuelco. Las lágrimas corrían en las mejillas de aquel rostro cansado, ahora desilusionado, y confundido con las impertinentes preguntas de periodistas, que no escatiman nada con tal de sacar un reportaje morboso. Vi como la mujer que hace unas horas me había servido aquel delicioso café americano, gritaba el nombre de su hijo, cogiéndose la cabeza, haciéndose preguntas que no encontrarían jamás una respuesta.

Lloré amargamente toda la noche. Me recriminé. Me pregunté qué habría pasado si yo hubiera insistido aquella mañana. Tal vez esa mirada fría que me dio, era una mirada ausente, de alguien que ya estaba muerto y yo quizá podría darle un poco de vida. Tal vez un abrazo, como en los viejos tiempos. No lo sé. Tenía muchas preguntas y una cabeza a punto de estallar. Esa noche, me convertí en un ser amputado involuntariamente, confundido.Cuando lo enterramos, la lluvia invernal se confundía con las lágrimas de su madre y las mías. Llevé a su madre a casa. Después de que la enfermera le aplicó una inyección para que descanse, fui a casa.

Destruido. Cancelé mis actividades por unos días. Me fui al baño y me di una ducha larga. Quería que mis tristezas se fueran por el desagüe, y poder tener el espíritu sano, renovado. Encontré las cajas de recuerdos abiertas en mi habitación. Era curioso, sólo aparecía en pocas fotografías. Prefería tomar fotos a mis amigos. Encontré las dedicatorias de Gabriel, una foto con nuestras primeras enamoradas. Una en la plaza mayor cuando nos tiramos la pera, y otra, en nuestra primera borrachera.

Puta madre, me vas hacer falta, huevón.

El timbre de la casa sonó incesantemente. Unos minutos después, tenía una carta en mis manos, y mis ojos nuevamente estaban llenos de lágrimas. Al remitente de la carta lo habíamos enterrado hace algunas horas.

“José, huevón, ¿cómo has estado?Me enteré que ahora eres escritor, puta mare, que bien huevón. Espero que tengas todo el éxito del mundo. Yo estoy hecho mierda. Sabes, eres increíble, te estaba escribiendo esta carta justo en el momento que apareciste en el café. He hecho un esfuerzo increíble para no abrazarte hermano. No sabes cómo he extrañado el Perú, a mi madre y a ti, mi mejor amigo. En Europa me fue mal. Nunca ingresé a estudiar a la RESAD, hermano. Todo este tiempo me dediqué a tirarme la plata de mis padres. No sabes lo arrepentido que estoy de todo hermano. Viví la vida loca, me sentía un rey. Ahora tengo sida hermano. Una puta de mierda me ha contagiado. Me siento mal, tengo dolores por todo el cuerpo, me duele hasta la boca para comer. Sé que me voy a morir, y por eso me vine a mi patria, a morir aquí, allá no soy nadie. Pero tengo miedo de ir a donde mi vieja, me da vergüenza que sepa lo que hice y encima, cagarle la vida con mi enfermedad. Por eso, he decidido ya lo que voy a hacer, hermano. Te pido, como hermanos que somos, por que así te considero huevón, que esto no se lo digas a mi madre. Puta mare, quién como tú, ahora escribes, tienes una vida feliz. Yo soy ya una mierda amigo, un muerto que anda por la calle. Me siento mal hermano, y sé que si sigo escribiéndote, tal vez te voy a cagar la vida. Te quiero mucho hermano, perdóname por no haberte saludado y darte un abrazo. Me jode no ver a mi viejita por última vez, pero si la ves, dile que la amaré siempre. Chau. Tu hermano”.

Gabriel

Guardé esa carta en mi caja de recuerdos, con las mejores fotos. Enmudecí, mi mente estaba en blanco. Me emborraché esa noche sólo y escuchando los antiguos casetes, canciones de Vilma Palma e Vampiros y canté a viva voz Bye bye, la canción favorita de nuestra promoción.

Decidí escribir sobre esta historia, pero durante mucho tiempo no pude siquiera intentarlo. Me dediqué a mis clases, a mi trabajo. Visitaba a la madre de Gabriel hasta que ella falleció debido a un ataque cardíaco. Murió tranquila, durmiendo. Un día antes, me contaba que había soñado con Gabriel, que le pedía perdón por haberla abandonado y que iría por ella en la noche para llevarla a cenar. Me pidió que la acicalaran, una enfermera la peinó y le echó un poco de su perfume favorito. Se despidió de mí, feliz.

Desde ese entonces, han pasado muchos años. Yo sigo siendo un escritor sin éxito, viviendo de mis clases y de alguno que otro trabajo. Trato de disfrutar la vida, y de vez en cuando, de algún amor pasajero.


Gabriel, hermano, siento haberme demorado con este escrito.
Tu hermano, José.

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