domingo, 24 de diciembre de 2006

Reflexión 5

Chateando, un día como siempre, con Lyz.

- Puxa, alucina que somos los organizadores del FESTTA INTERREGIONAl 2006.
- Ah ya…qué xévere…y… ¿Qué es eso?
- Oe que! No sabes lo ke s el FESTTA ¿?
- Nopo.
- Mira, el FESTTA s l festival d teatro escolar ps. El grupo que gane pasa a la final.
- Ok
- Oe
- q
- Keria saber… ¿tienes tiempo del 18 al 20?
- Para ¿?
- Para venir al FESTTA como jurado ps.
- Juat !!!
- Jajajaj, si ps. Keremos que seas jurado.
- Manya…ya ps ¡!!!

Me reí. Terminé mi copa de vino tinto semi seco y me fui a descansar.

Una llamada dos semanas después me informaba que estaba oficialmente invitado a participar como jurado en el FESTTA INTERREGIONAL 2006 a realizarse en Chancay, Lima. Me di cuenta que Lyz no estaba bromeando con aquello.

Caí en la cuenta que debía de reprogramar mi agenda, claro está, si la encontraba en el desorden de mi biblioteca y que debo de prestar más atención en el futuro cuando hable con esta chica y sobre todo de las respuestas que le voy dando en el Messenger.

Partí al mediodía ansioso por llegar. Llegando a la ciudad, fui directamente hacia el colegio Salazar Bondy. Rostros lozanos, juveniles y llenos de energía chocaron directamente conmigo, un rostro maduro, y cansado por el estrés limeño.

Es innegable la maravillosa experiencia que significa estar ahí. Todo era cálido, sano. Muchas miradas, unas pícaras, otras asustadizas. La potencia de la niñez, su energía. Las ganas de esa masa juvenil por hacer teatro. Las ganas de hacer arte.

Tras el saludo amable del director del colegio, me dirigí a la cocina, en donde un grupo de señoras me sirvió la cena. Por cierto, la carapulcra chancayana (espero así se escriba) estaba deliciosa y necesito la receta.

Por aquel escenario pasaron una infinidad de personajes: un payaso irreverente, unas brujitas coquetas, muertos con cajón y vino, viudas muy bellas y jóvenes, mimos, animalitos parlantes, familias numerosas, y hombres de las profundidades andinas.

Me doy cuenta entonces del amplísimo universo teatral que existe en nuestro país. Los estilos setenteros seguían vigentes (de estos ya se ve poco en la capital y en muchas partes del mundo han dejado de existir), y estaban nuevamente en el escenario. Obras que muchas veces había escuchado, leído y visto en escena, persistían y se negaban a dejar el escenario.

No sé por qué (y me van a disculpar si soy muy osado) pero creo que algunas obras ya deberían descansar. Refritos de obras vuelven a ejecutarse y no dejar de figurar en aquellos festivales. Algunas de ellas, con mensajes ideológicos, propios de la época en que fueron escritos, que solamente utilizan al arte para enmascarar su contenido ya desactualizado y que los niños ejecutan ignorando el mensaje de la misma. Y creo que los directores las escogieron (y tal vez las seguirán escogiendo) por varios motivos: por que son de su agrado, por que son las que siempre ganan, por que los dramaturgos siguen vivos y son conocidos, por que quizá no existe una biblioteca especializada y pública en artes disponible y no tienen más alternativas a escoger, etc.

Felizmente, algunas salieron del típico repertorio, y eso me pareció un respiro muy saludable. La creación colectiva también estuvo presente y eso es digno de reconocer, ya que muchos directores prefieren evitar ese riesgo.

Me di cuenta de la importancia de la crítica. Un maestro de actuación una vez me dijo: el oficio del crítico no es criticar los errores escénicos – no es lo principal, por lo menos - , sino de interpretar lo que el director ha querido decir a través de todo el espectáculo. Caí en la cuenta de que es cierto. Creo que el teatro debe de ser comprensible, capaz de ser portátil y ser transmisor de emociones en cualquier escenario. Las indicaciones técnico actorales o los errores no pueden ser parte esencial en una crítica, ya que jamás, jamás existirá un montaje agradable para todos, especialmente para los actores, directores, etc., todos ellos siempre tendrán algo que decir al respecto (alguna vez escuché de un actor lo siguiente “si yo hubiera estado en esa obra, hubiera salido mejor” - felizmente ya no lo veo -). Me parece que lo más importante dentro de la misma es la interpretación del montaje, la visión del tema. Es una pena que no haya podido leer hasta el momento las críticas de Hugo Salazar, crítico teatral que fue reconocido en el país hace algunos años, - espero conseguirlas muy pronto -. En otros países, en donde he podido leer las críticas realizadas por especialistas, he podido confirmar lo antes dicho por el maestro.

Definitivamente, el trabajo realizado por cada montaje en el festival no tiene nada que envidiar a algunos espectáculos capitalinos. Incluso, recuerdo una vez haber ido a ver una obra de bolsillo en una escuela de actuación. Una obra que dramatúrgicamente tenía un gran mensaje, era mediocremente representada por actores que se supone deberían de mostrar una calidad digna de su casa de estudios. Vuelvo a recordar entonces cuando alguien me dijo: las escuelas o talleres de actuación no te aseguran ser un buen actor, son solamente aceleradores de aprendizaje. Al final, es la experiencia la que te da el matiz y la energía adecuada para el escenario.

Algo que jamás podré olvidar es cuando se presentó en el festival un grupo de estudiantes quechua – hablantes. El quechua tiene algo muy interesante, suena dulce, profundo. Y cuando son niños, se vuelve aún más tierno. Aún cuando no sabían sobre técnica actoral ni nada por el estilo, regalaron imágenes, tradición, color, alegría.

La algarabía vino al momento de las premiaciones. Rostros felices por los premios, rostros resignados. Pero todos al final se fueron contentos, con ganas de seguir haciendo teatro. Tal vez, en el siguiente FESTTA, podrán partir, pero esta vez, con el gallardete ganador. Muchas ganas para todos ellos. En especial a los que no aparecen en escena, los que estaban detrás del escenario, viviendo cada segundo de sus alumnos en escena.

Volví a Lima, lleno de energías, de sueños reactivados y con ganas de hacer teatro. Y vaya, me esperaba la muestra de mi taller. Los chicos sumamente nerviosos, llenos de emoción. Mi compañera de trabajo, también colaboraba con su dosis de nerviosismo. Una pasada general y todos estábamos listos.

La gente empezaba a llegar. Y debo de agradecer que haya más gente de la que se había pensado. Los aplausos no se hicieron esperar y una ola de felicitaciones llegó a los alumnos. Me sentí satisfecho. Comprendieron entonces que las llamadas de atención en los ensayos, la exigencia, y los conocimientos que impartimos no cayeron en saco roto.

Los felicito y terminamos contentos. Ha sido una semana de muchas sorpresas, esfuerzos, alegrías. Tengo ahora nuevos amigos y sobre todo, un grupo humano con el que he compartido tres meses de trabajo de bastante rigor, y se ha logrado un resultado más que satisfactorio.

Lo que vino a ser un sueño ahora se ha hecho realidad. Una realidad que espero siga por mucho, mucho tiempo más: el hacer teatro.

Llego a mi casa. No puedo dormir. La energía y los gritos de niños, sus rostros están en mi mente. Los nervios de mis alumnos y su energía sobre escena aún se sienten. Los aplausos aún se escuchan.

Una copa de vino tinto semiseco. Brindo por el teatro. Salud.

“Más puquiai, acu acu” (Más juego, ¡vamos!, ¡vamos!)
(Parte de la crítica hecha a la delegación de Carhuaz, Ancash)

Voy por una coke.

Dark