domingo, 24 de diciembre de 2006

Reflexión 4

Ya casi son las siete de la noche y me siento muy nervioso. Si alguien me pregunta el porqué, tal vez no me entendería. Siento que esta misma emoción me acompaña cada vez que salgo a escena.

Pero esta vez, no salgo a escena. Salen mis alumnos.

Todos estamos muy nerviosos. No solamente es una evaluación para ellos, sino que también es para mí. Quiero saber qué tanto he podido inculcar en ellos el afán de investigar, de crear, de transformarse, de recordar todo aquello que hemos venido trabajando y que al final, se plasmará en tan sólo unos instantes.

Mientras ellos se visten y se maquillan, yo estoy tomando una coke. Desearía tener una copa de vino a mi costado, pero sospecho que no sería una buena opción.

Voy al baño y me mojo la cara. Uno y otro chorro de agua fría, fuerte.

Tengo diecisiete años y estoy muy nervioso. Es la primera vez que saldré a escena y mi profesor está muy serio. Parece que me va a llamar la atención en cualquier momento. Entro al salón de clases y un amigo me recuerda que debo de sacarme los zapatos.

Voy recordando mi texto, mis marcaciones. A este momento, no me acuerdo cómo diablos tenía que hacer para ir a una silla y luego llegar a otra. La maldita transición y mi trayectoria espacial. Mi memoria a veces me juega malas pasadas. Reviso nuevamente todo y espero nerviosamente mi turno. Es terrible. Siento que quiero salir corriendo del salón, pero hay algo que me lo impide. Veo que todos tienen la misma sensación, la misma ansiedad de ya terminar con todo esto.

Salgo a escena. Cuento uno, dos y tres. Empiezo.

Y empiezo mal. Siento que la tonalidad de mi voz no es la adecuada. Quiero cambiarla, pero mi instrumento no responde.

- ¿Quieres hacerlo nuevamente?
- Sí, profesor.

Vuelvo a concentrarme y ejecuto mi performance. Esta vez la tonalidad es la adecuada, pero olvidé mis movimientos.

El profesor me indica que debo de seguir trabajando en mi concentración, y que no debo de imitar, que debo de ser sincero. No lo entiendo. Definitivamente está equivocado. He sido lo más sincero posible. He sido natural.

- No imito a nadie, profesor.
- Sí, lo estás haciendo. Debes actuar con sinceridad.
- Eso hago.
- No, no lo estás haciendo. Debes de practicar más.

De pronto veo que todo el salón lo apoya. Y yo estoy atolondrado, y rojo de la vergüenza. Se supone que todo está ya calculado, practiqué mil veces en casa mi forma de hablar, de cómo lograr ese efecto en la voz, como en las películas. Incluso, a mi prima le encantó.

Vuelvo a mi sitio. Estoy molesto. Seguro que todos están confundidos. Es mi estilo y seguro el profesor no lo ha entendido. De seguro me ha salido tan bien, que he mostrado todos mis sentimientos en escena y él no ha sabido como criticarme. Es un mal profesor.

Termina la clase y todos empiezan a irse. Me quedo, revisando mis cosas. Lo busco con la mirada, y él se hace el desentendido. O quizás no quiere hablarme. Tal vez no sea un buen día para mí. Tal vez no lo sea para él. Tal vez…

- ¿Quieres intentarlo nuevamente?
- Sí, profesor

Vuelvo al frente y empiezo a concentrarme. Tras la señal empiezo a recorrer el espacio. Me gusta cómo mi cuerpo está en el espacio. Me gusta como suena mi voz. Y hago gala de todo mi repertorio, de mis clases. Quiero que vea cuán grande puedo ser. Grito. Mi mejilla derecha está ahora siendo el escenario para una lágrima perfecta. Culmino. Espero el aplauso. Y no lo hay. Abro los ojos. El profesor se ha ido.

Estoy furioso. Él ahora vuelve con un vaso de café descartable.

- Perdón, no te he visto. Tuve que salir. Vuélvelo a hacer.
- Esta bien profesor.

Entonces ahora vuelvo a mi sitio. Me importa un pepino demostrarle todo mi potencial. Ya no me importa si es que me llegan las lágrimas. Furioso, salgo a escena. Mi voz es fuerte. Dura. Quiero decirle que me parece un pésimo profesor. Quiero decirle que no me interesa su bendita clase. Quiero que esta sea mi último ejercicio con él. Estoy tan furioso que de pronto siento que el aire me ha comenzado a agitar. Grito, lleno de furia, de impotencia. Y ahora la respiración, mi grito y mi furia han hecho que mis ojos se empapen de lágrimas. Al demonio con el maquillaje preparado, ahora me importa muy poco todo eso. Quiero que se acabe todo. Termino.

Tengo los ojos cerrados. Hay un gran silencio. Sospecho que ha vuelto a irse a tomar una taza de café. Si lo ha hecho, juro que voy donde el director para quejarme, no puede tratarme de esa manera, pienso

De pronto siento un aplauso, y otro, y otro. ¡No creo que tenga más de dos manos! Ahora el miedo vuelve a mí y no quiero abrir los ojos. Un frío me invade.

- ¡Bravo! ¡Bravo!
- ¡Muy bien!

No entiendo nada. Lentamente abro los ojos. Veo a mi profesor y a mis compañeros aplaudiendo, felicitándome. Un silencio más, y él, dejando su café, me dijo:

- Siento lo del café, pero valió la pena ¿no lo crees?…
- Sí, creo que sí – respondo.
- Nos vemos la próxima clase.

Estoy confuso, absorto en mis pensamientos. Voy al baño y me echo agua en la cara para que se pase el enrojecimiento de mis mejillas. Me voy quitando el maquillaje lentamente, pensando.

De pronto, alguien me habla muy tímidamente.

­ Profesor, ya estamos listos.

Es hora de empezar.

Voy por una coke.
Dark