jueves, 20 de abril de 2006

Reflexión 1

Escribo esto después de mucho tiempo, y porque quedó como algo pendiente hace ya varios meses - acabo de descubrir que escribir para mí es una buena terapia, y me ahorro las citas con el psicólogo -.

He hecho algunas cosas -importantes para mí-, dentro de la carrera de actuación, de la dirección, y hasta en aquello que lentamente quiere impregnarse en mi vida, que es la creación de guiones. Sabrá Dios si de aquí a algunos años me olvidaré de todo eso y continúe siendo un analista de sistemas, o termine mi vida sentado en un diván con una copa de vino semi seco, con el cabello teñido de canas, y recordando con mis amigos (a los que sobrevivan a los gobiernos), lo que fue nuestro tiempo en el teatro.

Conversando con ellos, hablo de la nueva generación de actores, de la movida teatral, de nuevos estilos y de la muerte (¡por fin!) de las vacas gordas del teatro. Aún queda luchar con la argolla en la publicidad, pero, al final de cuentas, sigue siendo un buen presagio para mejorar la resquebrajada salud de nuestro teatro.

Cuando volví a hacer teatro, me preguntaba si es que en realidad podría volver a hacerlo. Las ganas estaban, pero a veces no es suficiente. Recorrí lugares, toqué puertas, unas se abrieron y otras se me estamparon en la cara… y me pregunté: ¿Cómo una persona que quiere ser actor podrá tener experiencia en el medio si es que no se le da la oportunidad de estar en una obra? ¿Cómo lograr la presencia en el medio teatral cuando aún los medios publicitarios llenan de carteles a full color sus pantallas, sus primeras planas con la aún ingrata presencia de nombres ya publicitados?

Y surgía la frase: “tienes que pagar el derecho de piso”. Entonces aprenderé a ganármelo, me dije. Y me propuse investigar, estudiar todo lo que pudiera, ser cada vez más autocrítico, exigente, y sobre todo, aprender a tragarme la soberbia para aceptar las críticas y aprender a distinguirlas: de amigos y familiares, de actores y directores y del público.

Las primeras son siempre bondadosas y rimbombantes. He escuchado frases demasiado elogiosas que muchas veces me molestaron por lo empalagosas que pueden ser, las segundas siempre tendrán un “yo lo hubiera hecho así” que hay que saber diferenciar, ya que los actores y directores jamás podrán estar de acuerdo con un montaje. Todos dirán que hubiera sido mejor trabajarlo bajo otro estilo, con otro actor, con otro director, hasta hubo un crítico que me llamó la atención cuando dijo “esa obra ha de funcionar en Estados Unidos, porque el Perú no está acostumbrado a eso” (sospecho que eso fue por el efecto de los tragos del bar).

Finalmente, la crítica del público, que también es complicada. Una obra terrible con un par de siliconas puede convertirse en un boom, así como una obra de calidad (sin siliconas) en una terrible pérdida para el productor, teniendo como único público a un reducido grupo ávido de “teatro serio”, otro de actores y directores invitados (es decir, cero recuperación de inversión, tomando en cuenta la calidad económica de los que nos dedicamos al arte) y finalmente un par de desubicados que siempre piensan que el teatro es comedia o que aparecerán flamantes vedettes, y que a mitad de la función se retirarán por que no entendieron por qué la actriz se echa arena en la cabeza, mientras que el grupo de teatro serio y de actores y directores se irán extasiados.

¿A dónde quería llegar? ¡Ah! Ya recuerdo.

Hace poco vi una obra musical. A mí personalmente me gustan mucho. Sin embargo, a varios días de haberla visto, me quedé con el dolor de cabeza por la tortura de 120 minutos a los que estuve expuesto. Un actor que estaba a mi costado y que hace teatro comercial[1] (del que hablaré luego), dijo “mi obra es la misma y está mejor”. En efecto, las obras de teatro comercial (las que he visto en un conocido y central teatro miraflorino) se caracterizan por ser un buen espectáculo de luces, efectos y sonido.

Para el círculo de amigos, profesores, directores y demás especies del arte que conozco, el teatro comercial es algo terrible. Me parecía curioso. Y más curioso me pareció cuando me enteré que muchos de ellos habían hecho ese tipo de teatro y que otro tanto lo seguía haciendo, claro, ahora bajo otra denominación (hay que cuidar apariencias, siempre, siempre).

Sin embargo, el teatro comercial es una fuente de trabajo para muchas personas. Me doy cuenta de que las personas que hacen teatro comercial y las que hacen teatro serio tienen algo en común: las ganas de hacer teatro. Y de vivir del teatro. Esos chicos sueñan con pisar un escenario, de escuchar las palmas de gente que nunca podrá subirse y ser tan grácil, de cantar o bailar como ellos. Lo único que les faltaría es incentivarles las ganas de seguir o iniciar estudios dentro de lo que ellos tomarán como carrera, y descartar las opciones de la vieja escuela de actores que, sabiendo todos los clichés habidos y por haber, les hacen creer que sólo eso es el teatro, y que una vez que los han logrado, se convertirán en actores profesionales. Es una lástima que la televisión colabore a esto.

¿Pero…de qué quería hablar? ¡Ah! Me preguntaba lo siguiente:

¿Si yo hago una obra, debo de arriesgar por que así seré más notorio? ¿Cuando yo haga una obra, debo de elegir una seria y trascendental? ¿Debo de ser selectivo con el elenco (si es que ellos no lo fueron conmigo)? ¿Debo de elegir siempre directores de peso? ¿Cuándo se puede decir que un actor está preparado para actuar? ¿Cuándo se puede decir que un director está preparado para serlo? ¿Cuándo se puede decir que alguien es ya dramaturgo?

Creo firmemente que es terrible que te digan que no deberías de hacer teatro (llámese actuación y/o dirección) hasta que no estés preparado. Yo me pregunto ¿lo está la persona que lo dice? ¿Qué motivos lo pueden mover a que diga eso? Cierto es que la gente que se dedique a actuar y tenga privilegios de asistir a un taller o escuela tendrá más ventajas –salvo excepciones, ya que he visto actores pésimos egresados de escuelas-. Pero también se han escuchado (y también visto) de casos de actores que nunca estuvieron en ningún taller o escuela y lo hacen excelentemente. En el caso peruano, las pocas escuelas de actuación son en extremo limitadas (de esto me dio fe un reconocido profesor de actuación). Ni qué decir de dirección por que no la hay en Perú. Cuando tuve la oportunidad de hablar con un profesor extranjero de actuación, me decía que nuestra escuela estaba bastante desactualizada. Y es cierto, la falta de recursos hicieron que nuestros más resaltantes pioneros en la educación actoral se quedaran con la vieja técnica stanislavskiana, barbesca o grotowskiana.

Son pocos los que se atrevieron a cambiar esto, y somos la nueva generación la que debe de inyectarse de cambio. De aprender a volver al punto de inicio y volver a evolucionar. Porque siempre habrá algo en el proceso que faltará desarrollar.

Se debe arriesgar.

Al poco tiempo que tengo en el teatro, estoy convencido de que el riesgo es parte de la evolución del actor, director, autor, escenógrafo, tramoyista, y de todo aquel que intente hacer algo trascendental en su vida. Las ganas estarán, pero tal vez los recursos actorales no. El director en ciernes tendrá todas las ganas de presentar el espectáculo jamás antes visto, mas tal vez se convierta en uno de los peores recuerdos que hagan de éste su primer debut y despedida en el teatro.

Durante el proceso, ganaremos, perderemos, y nos llenarán de crítica y elogios. Lo importante se creer en lo que se hace. Si es que quiero hacer teatro comercial, haré el mejor teatro comercial, si es que quiero hacer teatro profesional, haré el mejor teatro profesional. En todos los casos, dar lo mejor, aprender, y nunca estar convencido de que ya se está lo suficientemente preparado para autodenominarse actor, autor o director…esas, son sólo cuestiones de marketing.

Hay un silencio profundo en la sala. Y los amigos me preguntan de qué estuve hablando. Les digo que tal vez estaba haciendo parte de mi terapia anti estrés, de mi futura conversación en el diván, dando el primer sorbo a mi copa de vino tinto semiseco.

Voy por una coke.

Dark.
[1] Espectáculo de baja calidad actoral.