
Autor: José Enrique Mavila.
La relación entre hermanos siempre estará llena de momentos especiales, algunos de ellos marcarán nuestro destino, o la actitud para con nuestro semejante. Ellos forman parte de nuestra vida, personalidad y carácter.
Precisamente de esos momentos especiales está hecho el montaje que Tercera Llamada nos ofrece: Tres hermanos, del dramaturgo Enrique Mavila, en el Club de Teatro de Lima-filial Miraflores.
Dentro de la dicotomía que toda obra de teatro nos ofrece -la literaria y la teatral- , podríamos decir que la literaria dista de ser clasificada como una obra con un mensaje renovador, subversivo o polémico. El autor ha querido plasmar de manera directa situaciones cotidianas con conflictos específicos, quizá con un trasfondo de personaje, mas no con algún objetivo final de transformación de conjunto (con algunos aires brechtianos si es que se quisiese ver desde ese punto). De fácil comprensión, es una obra que tiene los ingredientes necesarios para poder entretener al público.
La propuesta que nos entrega Ruth Vásquez –directora del montaje- encuentra momentos interesantes, escapando por momentos del estilo naturalista que la pieza solicita hacia uno teatral, hecho que resulta interesante como propuesta, pero que de alguna manera se convirtió en un reto para los actores de la puesta (incluso eliminaron a uno de los personajes de la versión original de Mavila).
Al inicio, la pieza de un solo acto se torna un poco lenta, debido al ritmo pausado de sus parlamentos y acciones, intentando dar momentos dramáticos demasiado seguidos. El uso de los elementos portátiles de la puesta – la escenografía es mínima- obtienen mucha importancia, desviando el camino de la historia.
Roberto Huamán y Sergio Velarde (Sebastián y Raúl respectivamente) nos entregan actuaciones correctas, que en ciertos momentos del montaje quedaron un tanto deslucidas por las situaciones de alta tensión, volviéndolas marcadas y poco emotivas. Huamán nos entrega a un personaje tierno y natural en gran parte de la ejecución. Velarde nos entrega a un personaje con una actitud mediocre, enfermo por la supervivencia y orgulloso de ser el único de los hermanos que ha realizado una vida tradicional, aunque con ciertos altibajos respecto al lenguaje no verbal que emplea en el desarrollo de su personaje y en su lenguaje prosódico. Notable la actuación de Katherina Sánchez (Tatiana) quien inyecta vitalidad y carisma a la puesta, aportando en gran medida al desarrollo de la misma. Sin embargo, el trabajo en conjunto decae por el ritmo y en el desarrollo de las situaciones de alta tensión.
El estilo musical es efectivo, cumple con su objetivo de divertimento. Las luces son un tanto bajas, dándoles un matiz lúgubre –cuestión de corregir el esquema ipso factum y listo-.
La propuesta que Vásquez intenta entonces contar una historia, y cumple. Ha intentado rescatar lo mejor de la obra literaria y lo ha llevado al campo dramático. Los actores denotan en su performance trabajo y esfuerzo. Pero, como todo montaje que aspire a ser bueno, debe de ser ensayado, replanteado y fortalecido con nuevas propuestas. Vásquez lo sabe y sospecho que en las próximas funciones habrá muchas sorpresas en esta nueva empresa.
Voy por una coke.
Dark.
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